Saludo / Jesús Caldera El teatro también se lee

Por: Caldera Sánchez-Capitán, JesúsTipo de material: ArtículoArtículoDetalles de publicación: Madrid : Asociación de Autores de Teatro, 2011Descripción: p. 47Tema(s): Teatro y lecturaRecursos en línea: Ir al artículo (Texto completo) | Descargar | Dialnet En: Las Puertas del DramaAlcance y contenido: "Naturalmente que desde siempre ha estado presente en mí el arte dramático. Desde lejos. Desde la infancia. Eran otros tiempos aquellos, menos dispersos que los actuales en los valores en los que uno podía fijar la mirada. En mi pueblo, Béjar, existía una larga tradición que venía del siglo XIX en que no nos bastaba con el corral de comedias que los señores duques habían levantado junto a una plaza de toros a principios del siglo XVIII en la cima de ese monte frondoso que allí tenemos y al que llamamos sin más El Castañar. No nos bastaba con el perdido Teatro Viejo, que debía de ser insuficiente para el afán escénico de aquellos antepasados, así que en 1856 pusieron en pie el magnífico e isabelino Teatro Cervantes, joya de la ciudad y hoy todavía uno de los mejores escenarios de la provincia. Allí ha sido tradición que antes o después todos hayamos pisado las tablas y declamado un verso mal aprendido. Mi padre perteneció a uno de los muchos grupos teatrales salidos del ámbito escolar, y eso hizo entrar el teatro en casa, como en tantas otras familias de mi entorno de entonces. En el colegio también teníamos nuestro patio de butacas y su recoleto escenario, pero el día de gala era cuando te subías de verdad a aquel espacio inmenso y desnudo del Cervantes, desde donde la voz se te encogía cuando te tocaba intervenir, pero el aplauso te convencía de que misteriosamente los de allí abajo te habían oído decir algo..."
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REV407 407 Núm. 40 (2011) Enlace al recurso No para préstamo Transgresión y poder REV407 40

"Naturalmente que desde siempre ha estado presente en mí el arte dramático. Desde lejos. Desde la infancia. Eran otros tiempos aquellos, menos dispersos que los actuales en los valores en los que uno podía fijar la mirada. En mi pueblo, Béjar, existía una larga tradición que venía del siglo XIX en que no nos bastaba con el corral de comedias que los señores duques habían levantado junto a una plaza de toros a principios del siglo XVIII en la cima de ese monte frondoso que allí tenemos y al que llamamos sin más El Castañar. No nos bastaba con el perdido Teatro Viejo, que debía de ser insuficiente para el afán escénico de aquellos antepasados, así que en 1856 pusieron en pie el magnífico e isabelino Teatro Cervantes, joya de la ciudad y hoy todavía uno de los mejores escenarios de la provincia. Allí ha sido tradición que antes o después todos hayamos pisado las tablas y declamado un verso mal aprendido. Mi padre perteneció a uno de los muchos grupos teatrales salidos del ámbito escolar, y eso hizo entrar el teatro en casa, como en tantas otras familias de mi entorno de entonces. En el colegio también teníamos nuestro patio de butacas y su recoleto escenario, pero el día de gala era cuando te subías de verdad a aquel espacio inmenso y desnudo del Cervantes, desde donde la voz se te encogía cuando te tocaba intervenir, pero el aplauso te convencía de que misteriosamente los de allí abajo te habían oído decir algo..."

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