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Teatro y ciudadanía Enrique Cabero Morán El teatro también se lee

Por: Cabero Morán, Enrique.
Tipo de material: materialTypeLabelArtículoEditor: Madrid : Asociación de Autores de Teatro, 2015ISSN: 1575-9504.Tema(s): La Celestina | Teatro y lectura | Teatro político | Teatro y ciudadaníaRecursos en línea: Ir al artículo (texto completo) En: Las Puertas del DramaAlcance y contenido: "La lectura de la descripción de Melibea, expresada por un Calisto embelesado con palabras henchidas de pasión, facilitó a mis ojos adolescentes la admiración de un paisaje arcádico. El canon renacentista de belleza se unía a la confusión cruel, desde el despego hiriente de Sempronio, del amor con la necedad. Sea como fuere, Fernando de Rojas, estudiante de la Universidad de Salamanca, a escasos centenares de metros de un dormitorio con vistas al parque de Picasso, había imaginado a una joven con “los ojos verdes, rasgados; las pestañas luengas; las cejas delgadas y alzadas; la nariz mediana; la boca pequeña; los dientes menudos y blancos; los labios colorados y grosezuelos; el torno del rostro poco más luengo que redondo; el pecho alto”. Y es que “la redondez y forma de las pequeñas tetas, ¿quién te la podría figurar? Que se despereza el hombre cuando las mira”. Con “la tez lisa, lustrosa; el cuero suyo oscurece la nieve; la color mezclada, cual ella la escogió para sí”...".
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Publicación periódica Publicación periódica Centro de Documentación Teatral
REV407 407 Núm. 45 (2015) http://www.aat.es/elkioscoteatral/las-puertas-del-drama/drama-45/a-tercera/ Libre acceso (en línea) Juego dramático y pensamiento crítico REV407 45

"La lectura de la descripción de Melibea, expresada por un Calisto embelesado con palabras henchidas de pasión, facilitó a mis ojos adolescentes la admiración de un paisaje arcádico. El canon renacentista de belleza se unía a la confusión cruel, desde el despego hiriente de Sempronio, del amor con la necedad. Sea como fuere, Fernando de Rojas, estudiante de la Universidad de Salamanca, a escasos centenares de metros de un dormitorio con vistas al parque de Picasso, había imaginado a una joven con “los ojos verdes, rasgados; las pestañas luengas; las cejas delgadas y alzadas; la nariz mediana; la boca pequeña; los dientes menudos y blancos; los labios colorados y grosezuelos; el torno del rostro poco más luengo que redondo; el pecho alto”. Y es que “la redondez y forma de las pequeñas tetas, ¿quién te la podría figurar? Que se despereza el hombre cuando las mira”. Con “la tez lisa, lustrosa; el cuero suyo oscurece la nieve; la color mezclada, cual ella la escogió para sí”...".

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