El teatro también se lee / Javier Roca El teatro también se lee

Por: Roca, JavierTipo de material: ArtículoArtículoDetalles de publicación: Madrid : : Asociación de Autores de Teatro, , Invierno-2006Descripción: P. 63. 30 cmISSN: 1575-9504Tema(s): Teatro y lecturaRecursos en línea: Ir al artículo (Texto completo) | Descargar | Dialnet En: Las Puertas del DramaResumen: "En pleno invierno franquista, con los presidios abarrotados por los vencidos y el estraperlo como oneroso paliativo al drástico racionamiento alimentario, en una venerable ciudad de la meseta castellana el pequeño salón de actos registra media entrada. En el estrado, frente a los allí reunidos, se han dispuesto unas mesas provistas de tantas lamparitas como personajes tiene la obra que va a ser leída: El divino impaciente, de José María Pemán. El chaval que asiste a la velada toma así contacto por primera vez en su vida con el teatro, aunque bien es verdad que lo hace de una forma si no plenamente espuria, evidentemente incompleta, mutilada, y en el caso que nos ocupa decisiva en la posterior evolución del joven espectador con el arte escénico. Cuando interviene el protagonista de la pieza en cuestión (director y primer actor de una compañía de aficionados, pero absolutamente convencido de portar la antorcha declamatoria que en su día encendiera Isidoro Máiquez) y los petulantes ripios del denodado misionero retumban en la sala, la lucecita que permanece encendida mientras dura su parlamento se ve poblada de inquietas chiribitas que, sin la menor duda, son producidas por los «perdigones» que expele quien encarna al santo navarrico..."
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REV407 407 Núm. 25 (invierno 2006) Enlace al recurso No para préstamo Mirando entre líneas REV407 25

"En pleno invierno franquista, con los presidios abarrotados por los vencidos y el estraperlo como oneroso paliativo al drástico racionamiento alimentario, en una venerable ciudad de la meseta castellana el pequeño salón de actos registra media entrada. En el estrado, frente a los allí reunidos, se han dispuesto unas mesas provistas de tantas lamparitas como personajes tiene la obra que va a ser leída: El divino impaciente, de José María Pemán. El chaval que asiste a la velada toma así contacto por primera vez en su vida con el teatro, aunque bien es verdad que lo hace de una forma si no plenamente espuria, evidentemente incompleta, mutilada, y en el caso que nos ocupa decisiva en la posterior evolución del joven espectador con el arte escénico. Cuando interviene el protagonista de la pieza en cuestión (director y primer actor de una compañía de aficionados, pero absolutamente convencido de portar la antorcha declamatoria que en su día encendiera Isidoro Máiquez) y los petulantes ripios del denodado misionero retumban en la sala, la lucecita que permanece encendida mientras dura su parlamento se ve poblada de inquietas chiribitas que, sin la menor duda, son producidas por los «perdigones» que expele quien encarna al santo navarrico..."

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